GRUPO EDITORIAL PEREZ-AYALA

ENTRE GARBANZOS – Rubén SEÑOR

PortadaMedianaEntreGrabanzos ENTRE GARBANZOS - Rubén SEÑOR ENTRE GARBANZOS - Rubén SEÑOR PortadaMedianaEntreGrabanzosTítulo: ENTRE GARBANZOS

Autor: Rubén SEÑOR
Género: Novela – Humor
Ilustraciones © José Manuel Esteban
ISBN-13: 978-84-937127-1-6

Editorial: Ediciones Rilke
http://www.edicionesrilke.com

Úrsula, una mujer humilde pero con mucho caracter y madre de los gemelos Ramón y Román, encuentra trabajo en el restaurante “El Cantalejo”. Allí conocerá a Don Braulio, un buen hombre veinte años mayor que ella. A pesar de lo dura que la vida siempre ha sido con Úrsula, no dejará de luchar por su única ilusión: que los gemelos se casen el mismo día, a la misma hora y, por supuesto, en la misma iglesia. Lo que digan sus novias al respecto, no tiene mucha importancia.
Las historias de El Cantalejo y sus gentes, nos conducen a través de esta divertida novela de Rubén Señor, a un mundo lleno de relaciones humanas de manera cotidiana y amena. 

 LO QUE DICEN DE ENTRE GARBANZOS

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Iñaki Urrutia

IÑAKI URRUTIA – PRESENTADOR Y CÓMICO DE PARAMOUNT COMEDY

“Hace un mes yo no conocía al Señor Señor (sí, la redundancia vale y punto!). Fue por culpa de una amiga común que me “lió” para que leyese el libro de un tal Rubén Señor llamado “Entre garbanzos”.

Mal empezamos con el título si se llama como la maravillosa película de Alexander Payne pero en… castizo. Eso fue lo primero que pensé. Y a continuación: Verás como sea un coñazo a ver cómo me lo termino! Prejuicios que tiene uno cuando alguien te lía porque tiene un amigo que hace noséqué, pero lo hace muy bien…etc.

Pues ni una cosa ni la otra.

Me encontré con un libro maravilloso que me ha transportado de bar en bar y de rincón en rincón por La Latina (barrio en el que vivo desde hace cuatro años) disfrutando de un sin fin de olores, sabores y texturas gastronómicas. Con “Entre garbanzos” he reído, llorado y sobre todo me he enamorado de unos personajes que he deseado encontrarme por el barrio para poderles abrazar y darles las gracias por hacer que un viaje a Vitoria en tren fuese cortísimo dibujando su vida.

Sólo deseo que ese “viaje” que yo viví lo compartan millones de lectores con el Señor Señor y que cada vez que pasen por la puerta de El Cantalejo hagan como yo y miren con una sonrisa infantil buscando  a Úrsula para poder entrar a compartir mesa y un cocido con ella y sus gemelos.

Gracias Rubén!”

Iñaki Urrutia. Octubre, 2009

 

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Gracia Olayo

GRACIA OLAYO (Actriz)Entre Garbanzos y Gemelos,
Entre lo Cotidiano y el Amor
Entre  Familia  y algunos Bares,
Entre Rubén y su Libro,
Llega un olorcito rico rico de un cocido…
(siempre protagonista de lo mejor y  de lo peor de cada casa)… bien hecho.
Al que no le falta de nada. Sugiero que lo prueben
y degusten la cotidianidad de su sabor y emoción.

Gracia Olayo.

 

 

Cesar García  ENTRE GARBANZOS - Rubén SEÑOR ENTRE GARBANZOS - Rubén SEÑOR be5941704ac59c7b1aeb18f5b118c36d

Cesar García

CESAR GARCÍA

(Director Creativo Ejecutivo de la agencia de publicidad Sra. Rushmore)

No sé si es postcostumbrismo, o ciberrealismo, como me gustaría tildar esta novela de Rubén. En cualquier caso, yo nunca he leído algo parecido. Destila humor y Madrid por todos los poros de su piel. Y la estructura narrativa, con sus post y sus pres, es altamente novedosa. Un gran ejercicio de sentido del humor, y un alarde de búsqueda, de buscar nuestro humor popular en la versión 2.0.

 

 

 

 

 

 

 

 

Miguel Angel Lamata ENTRE GARBANZOS - Rubén SEÑOR ENTRE GARBANZOS - Rubén SEÑOR Miguelangelamata

Miguel Angel Lamata

MIGUEL ÁNGEL LAMATA – (Guionista de cine y televisión y director de cine)

 

 

 

 

 

“Si Eric Rohmer y Pérez Galdós fuesen introducidos en la máquina que inventó Jeff Goldblum en la peli “La mosca” y mezclados entre si, el resultado sería Rubén Señor. “Entre Garbanzos” es como el mejor de los cocidos: sabe delicioso mientras lo lees y después su recuerdo vuelve a ti una y otra vez para tu felicidad y la de los que te rodean”.

 

II EDICIÓN GETAFE NEGRO

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El domingo 18, los garbanzos se atrevieron a salir del barrio de La Latina y se dieron una vuelta por la II edición de Getafe negro. La feria literaria que estará hasta el 9 de noviembre, propició que varios amantes del buen humor y las buenas costumbres, se hicieran con un ejemplar de “Entre Garbanzos” de la mano de su autor, Rubén Señor.

ENTREVISTA CON EL AUTOR:

 

Rubén Señor publica su primera novela, ‘Entre Garbanzos’, con Ediciones Rilke. La historia de Úrsula, una mujer que nació para ser una señora de ayer y se convierte en una auténtica mujer de hoy es para no dejar indiferente.

Entre garbanzos, entre ollas, entre los dos hijos gemelos de la protagonista y entre muchas risas acompañas a un coro de personajes a conocerse mientras una boda… o… dos… se cuecen a fuego lento.

 

P. ¿Por qué ir a comprar y sentarse a leer Entre Garbanzos?

R.- Porque un vuelo a Canarias aguantando cómo la señora que te ha tocado en el 12A te cuenta su vida, no es muy agradecido. Digamos que este libro es más entretenido y te arranca varias sonrisas. Es fácil de leer y nada pretencioso.

 

P.-  Entre Garbanzos está lleno de momentos de humor con escenas muy cotidianas, pero en el trasfondo hay una historia muy humana. ¿Pretendías conseguir este efecto?

R.- Lo único que he intentado en todo momento es contar una historia que hiciera pasar un buen rato. Me encantaría encontrarme a alguien en el metro riéndose al leer el libro mientras va al trabajo. Al final hay mensaje, sí, pero no ha sido parte de un maquiavólico plan educativo. A veces, parecía que lo iba leyendo según lo escribía.

 

P. En pleno lanzamiento de tu libro acabas de rodar tu primer corto ‘No te miento si adivinas lo que pienso’, haces fotografías, has trabajado 10 años como creativo publicitario y ahora eres realizador…¿Eres un adicto a contar historias?

R.- Digamos que ahora mismo, sólo sé hacer eso. Aún no sé qué quiero ser de mayor.

 

P. Si en algún momento hablaran de ‘Entre Garbanzos’ como un cuento para mayores, ¿tú qué dirías?

R.- Que dónde hay que firmar. ¿Hay algo más bonito que hacer sentir a un mayor como a un niño le hace sentir un cuento?

 

P. Parece que le das mucha importancia a la vida cotidiana, pero este no es un libro autobiográfico.  ¿Hay alguna anécdota real que haya cambiado tu vida como le sucede a algún personaje de Entre Garbanzos?

R.- Me gustaría decir que sí pero, tengo muy mala memoria y ahora mismo, no caigo.

 

P.- La novela se desarrolla  en un restaurante donde existen una serie de personajes secundarios. Tras ellos hay también una pequeña historia de sus vidas y a veces te quedas con ganas de más. ¿Los personajes han evolucionado solos o estaba planteado así desde el principio?

R.- A decir verdad, no había nada planteado desde el principio. Sólo la premisa de que una madre de gemelos quiere que se casen a la vez. A partir de ahí, todos los personajes se han ido haciendo más o menos sitio en el libro. En cualquier caso, he querido que los personajes principales estén tan arropados e indefensos, como lo estamos nosotros en nuestras propias circunstancias. Todos tenemos un compañero de trabajo con el que nos gusta departir e intercambiar conocimientos futbolísticos y una vecina que riega cuando tendemos la ropa. No es nada personal, es el día a día.

 

P.- Tu estilo narrativo se parece al de otros autores que vienen del mundo de la publicidad. Parece que la novela esté pensada para llevarla al cine o la televisión. ¿Se podría hablar ya de una corriente de la literatura?

R.- Supongo que todos los que hemos trabajado en publicidad tenemos la tendencia a pensar en imágenes. El fin es contar en muy poco tiempo, algo que se entienda y de una manera visualmente interesante. Entretener y llamar la atención para transmitir un mensaje. Supongo que se puede hablar de una forma de hacer las cosas porque es la que sabemos hacer. Probablemente, si todos los pescaderos empezaran a escribir libros, tendrían algunos nexos comunes. Si a eso lo queremos llamar corriente de literatura, no seré yo quien diga lo contrario.

 

P.- ¿Cuales son los libros y los autores que más te han influido a nivel personal para el desarrollo de tu escritura?

R.- Pues no te voy a engañar… Yo siempre he dicho que soy más de escribir que de leer. Puede que decir esto no me haga muy popular, pero me quitaron el gusto por la lectura hace mucho tiempo contra mi voluntad y creo que ahora no sería ético memorizar autores y libros para quedar bien ante una pregunta como esta.

 

P. ¿Crees que la vida continuará en El Cantalejo?

R.- Si la gente lo compra, claro que sí (risas)… escribiría un ‘Entre Garbanzos The Revenge’ o ‘Entre Garbanzos The beginnings’. De momento, dejémoslo en que el libro es un «la vida sigue» y cómo tal, me gusta pensar que algo de lo que hay en él está pasando ahí fuera.

 

P. Y…la última pregunta es simple curiosidad: Lo de Señor en el apellido es una excentricidad (pseudónimo) de escritor?

R.- La realidad es que es mi apellido, así que no me hace falta nombre artístico. En el colegio, el momento de pasar lista era muy gracioso: “¿Ramirez, Luis?… Presente. ¿Rodríguez, Ana?… Sí. ¿señor, Rubén?… Presente” Siempre había alguien que me decía algo del tipo: “¿A ti por qué te llaman de señor?” Y es que… siempre ha habido clases. Además, te diré que mi segundo apellido es Cruz. Total, muy católico en la forma, pero créeme, no en el fondo.

 

 

EXTRACTO DE LA OBRA:

 

Ramón y Román

 

Nacen al unísono un frío trece de mayo de 1977. Lo hacen con prisa. En el seno de un humilde taxi, camino del hospital de La Paz, entre las calles de Toledo y Ribera de Curtidores. Hermanos de nacimiento, y por lo tanto, gemelos hasta que la muerte los separe. Cada uno dueño de su personal e intransferible D.N.I. y con domicilio en la Calle del Codo nº 4, 3º izquierda de Madrid hasta, en principio, los treinta años. Edad a la que ambos deberían irse después de casarse… el mismo día, a la misma hora y en el mismo lugar, por deseo expreso de su madre: doña Úrsula Gómez Noble. «La Úrsula», para los más allegados.

Don Sebastián, padre de las criaturas, desapareció tan pronto de las vidas de los gemelos como lo hará de estas líneas. Hacía un par de años que había desaparecido el hombre cariñoso y divertido que enamoró a Úrsula. Cuando perdió su trabajo, aquel hombre que siempre tenía un «tranquila, no pasa nada», pasó a ser la mitad de la sombra de lo que fue. Sencillamente, se convirtió. No pasaba un solo día en que dejara de predicar la palabra del señor Daniels… Jack Daniels. Así pues, alcohólico y practicante, Don Sebastián fue mutando en «Sebas». Cualquier consideración o interés referentes a lo que le ocurrió tanto a él como a su hígado, deberán ser tenidos en cuenta en su biografía, si es que a alguien le da por escribirla. Él era analfabeto en un 83,7%.

Por expreso deseo de una decepcionada y dolida Úrsula, el apellido de Sebas sería desterrado de la faz del libro de familia cuando los gemelos tenían sólo tres años y medio. Debido a la imposibilidad de hacerlo de forma legal, dicho apellido fue tachado del libro gracias a un bolígrafo bic cristal que escribía normal, luego fino y después nada.

Así pues, Úrsula, Ramón y Román pasarían a la posteridad como los Gómez, una familia pequeña, pero singular y muy unida.

Úrsula trabajaba los siete días de la semana para que nunca faltara algo que comer. Sin quejarse por no tener tiempo para sí misma, intentaba darles a sus hijos algún que otro capricho para que no se sintieran inferiores a nadie. De alguna manera, los gemelos percibían lo que su madre hacía por ellos y nunca pidieron lo que sabían que no podía darles.

Cuenta la leyenda que de pequeños empezaron a andar y hablar a la vez. Una línea de pensamiento cree que lo hicieron por una mezcla de camaradería y respeto. Es decir, por no querer llamar la atención sobre el otro. Los antagónicos a éstos (acólitos por parte de padre), sostienen que fue por simple competitividad entre hermanos. Y los menos (casi todos amigos y conocidos de la familia), dicen que dicha historia es fruto del amor de madre porque a decir verdad, nadie más estaba presente en el momento de los hechos para corroborar o desmentir lo ocurrido.

Sin embargo, todos recuerdan un inexplicable hecho que tuvo lugar un sábado de San Isidro, cuando ambos tenían seis años. Aquel día, Román se rompió el brazo derecho al caerse de un tobogán en Las Vistillas. Al mismo tiempo, cerca de los columpios, Ramón se rompía el izquierdo. Nadie sabe cómo lo hizo porque todos habían estado pendientes de Román. Ni siquiera él supo explicarlo. Aquello les unió aún más si cabe. Sobre todo, porque tuvieron que ayudarse a la hora de ir al baño durante tres semanas seguidas. A raíz de aquel episodio, los hermanos cogieron la costumbre de lavarse siempre las manos después de hacer sus necesidades. Tradición que a día de hoy mantienen con orgullo, sabiéndose diferentes del 92% de los hombres que les rodean.

Los dos estudiaron en el colegio público de San Fernando que se encuentra entre la calle Mesón de Paredes (en la que solían jugar a las chapas) y la de Sombrerete (donde traían locas a las niñas haciéndose pasar el uno por el otro).

Ramón sacaba notas bastante aceptables. Sin alardes, pero con notable regularidad. Este dato tiene mucho mérito, porque la idea de estudiar le aterraba tanto como la de copiar. A decir verdad, lo intentó una vez y lo pasó tan mal que se estuvo yendo por la patilla el día anterior al examen y los tres siguientes al mismo.

Román, sin embargo, siempre sacaba muy buenas notas, aunque el hecho de que copiara compulsivamente estaba bastante relacionado. Hizo del vicio de copiar, una virtud de fama interescolar que elevó a la categoría de arte. Sus artilugios y trucos eran conocidos allende el Manzanares.

A día de hoy, es fácil encontrar otras familias que también vivan felices a pesar de rozar el umbral de la pobreza. Que dos hermanos sientan tanto respeto y devoción por una madre, y tanta unión y fidelidad entre ellos, es algo más complicado. En aquella casa, nunca se oyó un reproche. Nunca una voz más alta que otra. Jamás una pelea. Así eran los Gómez, envidia de adinerados y referencia para los más humildes.

 

Ramón y Román han sido siempre, y por definición, dos gotas de agua. En su caso, les ha delatado siempre la misma nariz fina y alargada, seguida a distancia por una cara achatada por los polos en la que destaca el azul claro de dos pequeños y misteriosos ojos. Entre tanto alarde de carisma pasan muy desapercibidos unos labios de sutil, pero permanente sonrisa, y unas pequeñas y tímidas orejas que se esconden bajo una melena de difícil peinado y color indefinido. A pesar de que sobre el papel, esta descripción pueda parecer algo repelente para el sexo contrario, hay que reconocer que en tres dimensiones la cosa cambia mucho. Semejante y original derroche de aspectos faciales, dotan a los gemelos de kilos de carisma y horas de atractivo.

Nunca pasaron «hambre» durante la etapa polinizadora. Por lo general y hablando del sexo masculino, esta etapa va desde los quince, hasta los treinta años. En contados casos suele haber algún que otro brote a los cuarenta y a los cincuenta. En otros, la etapa se hace crónica y se alarga ininterrumpidamente hasta que uno estira la pata y/o deja de estirar otra parte de su cuerpo.

Una vez satisfecha la necesidad primaria, los gemelos no se planteaban si dejarían sangre de su sangre en este mundo cuando su instinto procreador despertara. De alguna manera, sabían que no habría problemas para perpetuar su apellido a lo largo y ancho del barrio de La Latina. A diferencia de otros pobres mortales, no tendrían que esperar a reencarnarse en el último oso panda de algún zoo para verse rodeado de una pléyade de ositas limpias y deseosas de ser agraciadas con el preciado fruto en sus vientres… Jesús.

Si ya de pequeños el parecido físico entre ambos llamaba la atención (lo cual no es de extrañar tratándose de gemelos), lo realmente curioso es lo que se parecen en costumbres y gestos de mayores. Entre otras cosas, remueven el café y estornudan de la misma forma. Los dos duermen boca abajo y sin almohada. Para lavarse los dientes, empiezan de derecha a izquierda y de arriba abajo, se enjuagan tres veces y luego comprueban frente al espejo y con satisfacción el resultado de un trabajo bien hecho. Ambos evitan la siesta porque suelen levantarse de mal humor, y adoran el cocido por encima de ninguna otra cosa aunque les siente fatal. Les gusta la playa, pero no en exceso y prefieren la cerveza al vino y, si sólo hay vino, mejor el tinto que el blanco. Los dos se tocan la oreja izquierda con insistencia compulsiva cuando están nerviosos y se muerden el labio inferior cuando tienen hambre. No les gusta mojarse cuando llueve, pero sí ver a través de la ventana cómo se mojan los demás. Estornudan igual. Tosen igual. Roncan igual.

Entre tanta similitud, hay pequeñas cosas sin importancia que les diferencia. Ramón duerme con camiseta y calzoncillos en verano, mientras que Román duerme desnudo incluso en invierno. A Ramón le gusta ir al Retiro a patinar, el té, los spin-off más que las sit-com, y los gatos. Román odia los realities de televisión, a la gente que se ríe en un bar por encima de los setenta y ocho decibelios, las películas de comedia romántica e ir al IKEA en sábado. Y, a pesar de que Ramón es del Madrid y Román del Atleti… cada uno mataría por el otro. Pero, como no son nada violentos, pues nada.

 

 

Elena y Laura

 

A los veinticuatro años, Ramón conocería a la que sería su novia: Elena, después de un desagradable y violento encontronazo entre ambos. Y es que, un domingo de mayo, una inexplicable torsión en el lado oscuro de la fuerza les precipitó el uno contra el otro mientras patinaban en El Retiro. Aquel día, era el primero en el que Elena se ponía ruedas en lugar de pies y claro, Ramón “metamorfoseose” en colchón en su descontrolado camino hacia el suelo.

Se pasaron todo el día intentando patinar. El hecho de caerse una y otra vez sobre el otro, hizo que se atrajeran más allá de los moratones que se propinaban cada tres metros. Si compartir y entender el dolor ajeno une, ellos quedarían unidos para siempre tras aquella experiencia.

Elena era una chica bastante tímida y discreta. De pelo moreno, lucía siempre un corte clásico y una eterna sombra de ojos roja con la que disimulaba unos más que normales ojos marrones que, sin embargo, brillaban de noche tanto como de día. Su piel, blanca y suave, hacía que pareciera aún más vulnerable de lo que en realidad era porque, tras una fachada extremadamente frágil, se escondía una géminis con bastante mala idea. Elena oía y callaba. Solía abusar de los monosílabos cuando estaba en público y guardaba con recelo las esdrújulas para la intimidad. Inteligente y discreta, no solía desentonar, pero tampoco se notaba en exceso su presencia.

 

El modo en el que el otro gemelo “se echaría novia”, sería menos accidentado en la forma, pero no en el fondo. Si las cosas que le ocurrían a Ramón dependían en buena parte de la casualidad, Román perseguía lo que quería con decisión y firmeza.

Así ocurrió cuatro años más tarde cuando él tenía veintiocho y ella veintiséis. Román se fue quince días de vacaciones con unos ex compañeros de universidad a Estepona. La premisa fundamental del grupo era la de perder los papeles, la vergüenza y las buenas maneras. El objetivo: ser extremadamente malos con sus cuerpos por dentro y por fuera. La obligación: beber y beber durante el día, para dejarse llevar por la noche. El premio: el reconocimiento grupal «por llevarse a la boca» a una o dos lugareñas ávidas de chicos de la capital.

Una vez más, la realidad superó a la ficción y el primer día de playa, Román conoció a Laura. La vio salir del agua y, entre los aplausos y los sonidos guturales de su cuadrilla, se fue directo hacia ella. A día de hoy, nadie sabe con seguridad lo que le dijo, pero no cabe duda de que funcionó. Román pasó con ella los siguientes quince días. Pasando, al mismo tiempo, de amigos, premisas y formas.

La casualidad, el destino o lo baratos que estaban los apartamentos en Estepona, quisieron que aquella chica que veraneaba con su familia, también fuera de Madrid. Ese pequeño detalle, hizo que la duración estimada para aquella relación se les fuera de las manos, excediendo con creces del periodo estival.

A Laura no se la podía catalogar de discreta. Cuando estaba solía ser el centro de atención. Extrovertida y dinámica, Laura controlaba siempre la situación. Gran observadora de todo lo que ocurría a su alrededor, siempre pensaba antes de hablar. A pesar de su camaleónico pelo rubio (un día lo llevaba corto, otro recogido y al siguiente con trenzas), no tenía un pelo de tonta. Tenaz y persistente, estaba acostumbrada a conseguir lo que quería con sutil inteligencia y educación. Su amplia y bonita sonrisa le abría todas las puertas, y sus grandes ojos verdes traían de cabeza a cualquier tipo de hombre que se le pusiera por delante. Laura tenía una máxima: «haz siempre lo que se te pase por la cabeza aunque se arrepienta el resto del cuerpo», y una mínima: la paciencia.

A los gemelos les gustaba estar juntos y cuando los dos «se pillaron», hicieron que las chicas se conocieran para que fueran amigas. No salió bien. Un día iban al cine, al siguiente de cañas y al tercero, una de las dos «se resfriaba».

Si partimos de una premisa difícilmente demostrable pero real: dos mujeres pueden ser amigas para siempre o rivales incondicionales hasta que una de las dos desaparezca. No hay término medio.

Dicho posicionamiento tiene lugar una sola vez en el espacio-tiempo y suele coincidir con el día en el que ambas se conocen. Una mirada, un comentario, un mínimo detalle (que suele resultar imperceptible para un hombre de coeficiente intelectual medio)… basta para que ellas se formen su inequívoca composición de lugar. No suele haber vuelta de hoja. Una vez traspasado dicho punto de no retorno, la relación va a mejor o a peor.

 

El encuentro

 

El día en el que Ramón y Román hicieron que las chicas se conocieran, Ramón llevaba cuatro años y medio con Elena y Román sólo unos meses con Laura. Para tan importante momento, habían pensado en una primera toma de contacto mediante una informal cata de cervezas y degustación de tapas por el barrio.

Aunque Elena era de naturaleza íntima y no le gustaba mucho exponerse a nuevos retos sociales, no opuso ningún tipo de resistencia. Conocía a su cuñado hacía dos años, y como ya no había nada que demostrar ante él, se sentía cómoda y con cierta ventaja. Al fin y al cabo, el importante para Ramón era su hermano y «seguro que esa chica está de paso, como las demás».

Laura era «la extraña», sí. Iba de nuevas, también. Caer bien o no le daba igual, por supuesto. Confiaba en su desparpajo y don de gentes y tenía un objetivo claro a modo de curiosidad: ver a su novio por duplicado en vivo y en directo. Aunque había oído hablar de lo mucho que se parecían, lo que realmente le llamaba la atención era precisamente lo contrario. Quería descubrir en qué se diferenciaba el uno del otro. Un gesto nuevo, una coletilla inesperada, una mirada ajena… Exponerse a otra forma de ser, con la cara de Román. Eso era lo que le excitaba de la quedada. En cuanto a que estuviera allí una tal «¿Ana? ¿Marta? ¿Cómo dices que se llama?», le importaba más bien poco.

Todo quedaría escrito y sellado para la posteridad a partir de aquel 17 de diciembre de 2005. Habían quedado a las nueve en la Taberna Almería. Con la puntualidad que les caracterizaba, Ramón y Elena estaban allí desde las nueve menos diez.

– ¿Una caña?

– No, no… pídeme una coca-cola light.

– Era por si colaba.

– ¡Qué manía con que tome cerveza!

– Es que contigo, la sentencia «salir de cañas» ni se aplica, ni se entiende, ni se disfruta.

– Tú quieres cerveza, adelante. Yo prefiero una coca-cola light. No veo el problema.

– Vaaale.

 

A veinte minutos de allí y a paso ligero, Román y Laura tenían su bis a bis personal.

– Joder Laura, ¡siempre igual coño!

– ¡Que me dejes!

– Es que no calculas el tiempo. Si quedamos a las nueve, quedamos a las nueve.

– Cómo se nota que tú no te maquillas.

– Si me parece perfecto que te maquilles pero, ¿no puedes empezar antes?

– He ido a la peluquería y ya veo que no lo has notado.

– Sí, sí… estás muy guapa. ¿Tampoco puedes ir antes?

– Que me dejes y no corras tanto.

– Éste es mi paso y por si no te has dado cuenta, llegamos tarde.

– Pues hala, tira tú que yo ya llegaré.

 

En aquel momento sonó un salvador “tit-tit” correspondiente a un sms entrante de Ramón que decía textualmente: «dnde coño stais?».

 

– ¡Joder! Ya están allí. Desde luego…

– Román, no sigas por ahí que sabes que bajo presión no funciono muy bien.

– Venga va… date prisa anda.

 

Después de tres rondas y sendas tapas de patatas con alioli, aparecieron Román y Laura. Evidentemente, tarde. Mientras las chicas se estudiaban de arriba abajo, Román intentó disculparse al tiempo que Ramón quitaba hierro al asunto.

– Perdón, perdón. Es que…

– Nada, no pasa nada. Tranquilos, acabamos de llegar.

– Culpa mía. Esto pasa por ser chica. Te pones frente al espejo y pierdes la noción del tiempo. No lo podemos evitar. Seguro que es una cuestión genética o algo.

 

En ese momento, a Elena se le puso cara de culo. Su madre se lo tenía dicho: «cariño, ten cuidado porque cuando algo no te gusta, se te nota demasiado». Era muy puntual y le gustaba. ¿Cuál era el problema? Aquella «niñita mona» la acusaba veladamente de no pertenecer al selecto grupo de las chicas que se cuidan y se ponen guapas por encima de la buena educación. Se sintió como la fea del baile de fin de curso que llega justo un segundo antes que la capitana de las animadoras. Román, que no percibía tensión alguna y que llevaba media hora pensando en tener una cerveza entre las manos, pasó a las presentaciones.

– Sí, sí… genética. Esto… bueno, ella es Laura. Laura, ¡adivina! Sí, éste es Ramón y ella es Elena.

– Hola, encantada.

– Encantado.

– ¿Qué tal?

– Hola, encantada.

– Bueno, ahora que todos estamos encantados de habernos conocido, habrá que pedir unas cañitas para celebrarlo. Elena, tú lo de siempre, ¿no? Un pelotazo light de esos tuyos.

– Otro graciosillo. ¿Qué problema tenéis tu hermano y tú con que no tome cerveza? Es que no entiendo nada. ¿Contigo es igual?

 

Aquella pregunta casi retórica y sin ningún tipo de intención se convirtió, sin querer, en la hoz que sesgó cualquier tipo de coalición femenina. Sin pensar fue formulada y sin pensar fue respondida.

– Uy qué va… si yo tomo más cerveza que él. Es una nenaza.

 

Los chicos se rieron y fueron a por las cervezas sin darse cuenta de lo que acababa de ocurrir. Ajenos al desastre. Nadando en la ignorancia. Ilusos ante las contingencias del futuro, pero felices ante las cervezas del presente.

A Elena le molestó muchísimo que Laura la dejara como una mojigata. En cuanto a Laura, se limitó a pensar que quizás aquella chica se podía haber molestado, pero que si de verdad era así, sería la “típicachicalightcortarrollosinpersonalidad” y que lograr su amistad no le interesaba en exceso.

En resumen, a Elena, Laura le había parecido demasiado intensa. Una listilla con doble personalidad. Para Laura, Elena era sosa. Sin más.