Cinco poemas de ANTOLOGÍA COMENTADA DE LA POESÍA ESPAÑOLA. TOMO II
LUIS DE LA ROSA FERNÁNDEZ · Ediciones Rilke, 2026
El segundo tomo continúa el recorrido desde la posguerra hasta hoy. Estos cinco poemas recogen dos de sus líneas de fuerza: la voz social de Miguel Hernández, a quien el volumen dedica una de sus secciones más extensas, y los dos poemas que el propio antólogo incluye en la obra, comentados con el mismo criterio que los demás. Más información en https://nuestrosescritores.com/luisdelarosa/
1. ACEITUNEROS (Miguel Hernández)
(Viento del pueblo · Miguel Hernández)
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma, ¿quién,
quién levantó los olivos?
No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.
Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.
Levántate, olivo cano,
dijeron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
poderosa de cimiento.
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma ¿quién
quién amamantó los olivos?
Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.
No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.
Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que sólo el otro comía.
¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?
Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.
Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas.
Canto de reivindicación de los jornaleros del olivar andaluz. El estribillo interrogativo vuelve tres veces cambiando la pregunta —quién los levantó, quién los amamantó, de quién son— y en ese desplazamiento cabe todo el argumento del poema.
2. NANAS DE LA CEBOLLA (Miguel Hernández)
(Cancionero y romancero de ausencias · Miguel Hernández)
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre
escarchaba de azúcar,
cebolla y hambre.
Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma, al oírte,
bata el espacio.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol,
porvenir de mis huesos
y de mi amor.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
y el niño como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.
Menos tu vientre
Menos tu vientre,
todo es confuso.
Menos tu vientre,
todo es futuro
fugaz, pasado
baldío, turbio.
Menos tu vientre,
todo es oculto.
Menos tu vientre,
todo inseguro,
todo postrero,
polvo sin mundo.
Menos tu vientre,
todo es oscuro.
Menos tu vientre
claro y profundo.
El poema Nanas de la cebolla, del libro Cancionero y romancero de ausencias 1938-1941 (Losada 1976), es una obra profundamente emotiva y conmovedora, escrita durante el encarcelamiento del poeta, inspirada por la carta de su esposa que describía la pobreza extrema que sufrían, alimentándose solamente de pan y cebolla. Este poema es un canto de amor paternal que mezcla el dolor y la ternura, trasladando la dura realidad del hambre y la miseria a través de imágenes poéticas cargadas de simbolismo.
Miguel Hernández utiliza la cebolla como una metáfora central que simboliza el hambre, la pobreza, pero también la resistencia y la esperanza. En el poema, la cebolla aparece comparada con «escarcha», reflejando la frialdad y la dureza de la situación, pero también la perseverancia frente a la adversidad. La risa del niño, a quien está dedicado el poema, es personificada y convertida en «la espada más victoriosa», un símbolo de la fuerza, la alegría y la esperanza que vence al sufrimiento.
La estructura del poema es sencilla, con lenguaje claro y directo, pero cargada de una gran profundidad emocional. Se percibe la desesperanza de la guerra y la cárcel, y a la vez, la voluntad de un padre de ofrecer consuelo y amor a su hijo a pesar de las circunstancias adversas. En este sentido, el poema no sólo refleja el drama de la pobreza y la guerra, sino también el valor del amor familiar y la capacidad de la poesía para ser un acto de libertad y resistencia.
Nana escrita desde la cárcel para un hijo que se alimenta de hambre y cebolla. La ternura y la denuncia ocupan el mismo verso, y la risa del niño se convierte en la única forma disponible de libertad.
3. EL NIÑO YUNTERO (Miguel Hernández)
(Viento del pueblo · Miguel Hernández)
Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.
Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.
Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.
Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta,
levantando la corteza
de su madre con la yunta.
Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra,
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.
Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.
Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.
A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.
Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.
Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.
Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.
Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.
Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.
¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?
Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.
El niño yuntero, del libro Viento del pueblo (Lumen 2012), es uno de los poemas sociales más representativos de Miguel Hernández. El poema denuncia la explotación infantil y la miseria del campo español, encarnadas en la figura del niño obligado a trabajar desde su nacimiento, «carne de yugo» destinada al sufrimiento y la fatiga.
El poema utiliza un lenguaje sencillo y directo, cargado de imágenes potentes y símbolos: el yugo, la tierra, el arado y el sudor representan la opresión y el sacrificio de los campesinos. Hernández emplea la repetición y la musicalidad para subrayar la dureza de la vida rural y la injusticia social.
El tono es de profunda compasión y rebeldía. El poeta se identifica con el sufrimiento del niño («Me duele este niño hambriento…»), y el poema culmina en un llamamiento a la solidaridad y la lucha colectiva («Que salga del corazón / de los hombres jornaleros…»), mostrando la esperanza de liberación a través de la unión y la conciencia social.
En resumen,
Retrato del niño obligado a trabajar la tierra antes de haber vivido. El poema avanza por cuartetas de rima abrazada hacia una pregunta final que no es retórica, sino política.
4. SI YO NACIERA EL DÍA DE MAÑANA (Luis de la Rosa Fernández)
(No quedan ruiseñores junto al río · Luis de la Rosa Fernández)
Si yo naciera el día de mañana,
padre, habría de darte los abrazos
y besos que, orgulloso, no te di.
Si yo naciera el día de mañana,
padre, con tierno afecto y devoción
colmaría de risas tu mirada.
Qué injusto fui yo entonces, ignorando
que tu actitud tan firme de un inmenso
amor paterno estaba rebosante,
olvidando que siempre tus desvelos
y tus ansias también fueron por mí.
Y yo, ciego e ingrato en mi altivez
quise olvidar tu afán de amor de padre.
¡Qué mezquino fui, padre, qué mezquino!
Está llorando mi alma arrepentida
por los besos que yo tanto te debo
y no podré jamás a ti ya darte.
Yo quisiera morir para poder
nacer de nuevo y darte todo aquello
que, miserable, un día te negué.
Si mañana volviera yo a nacer…
Elegía filial en endecasílabos blancos. La anáfora inicial plantea un deseo imposible —volver a nacer para devolver el afecto que no se dio— y sostiene desde ahí todo el poema.
5. ME DICEN (Luis de la Rosa Fernández)
(Historia de un amor · Luis de la Rosa Fernández)
Me dicen que te has muerto para siempre,
que no vendrás a casa,
que no podré más verte,
que no suspirarás por las mañanas,
que no podré tenerte.
Pero ellos, ¿qué sabrán
si por la noche estás en mí presente?
Que no te sonreirá la primavera,
que no acariciará tu tez la brisa,
que no te envidiarán las margaritas,
que no te cantarán los ruiseñores,
que nunca palpará ya el son del mar
tus oídos silentes…
¿Mas como dicen esto,
si en todos los momentos
hablo contigo permanentemente?
Con tu risa jovial,
con tu piel de azucena,
con tus ojos de miel
siempre estás en mi mente.
¿Que dicen que te has muerto
y que es para siempre?
¿Que no verá ya el alba tu silueta?
Con dorados cabellos que te adornan,
¿que no competirá este sol luciente?
¿Que no te envidiará la luna llena?
¿Que no te acogerá el florido patio
ni te adormecerá en el blando lecho
el rumor de su fuente?
Pero ellos, ¿qué sabrán,
si cuando me despierto,
en un abrazo unidos te contemplo
con mirada sonriente?
¡No es verdad!, ¡no es verdad!
Tú vivirás conmigo siempre, siempre.
Frente al «te has muerto para siempre» de los demás, el poema opone la presencia cotidiana de la ausente. La repetición del «que no…» acumula todo lo perdido para poder negarlo en el verso final.